Ñoquis, entre huellas y troperos

Ñoquis, entre huellas y troperos
Zona Palena - Queulat

Doña Berta Elena Solis Solis es nieta de los primeros pobladores de Lago Verde. Para mostrarnos la hospitalidad gaucha típica de los pueblos de Lago Verde y Villa La Tapera, nos invita a disfrutar de sus deliciosos ñoquis con salsa de carne de cordero.

  • Ficha Técnica

    Tipo de actividad: Gastronomía. Preparación de uno de los platos patrimoniales de la zona Palena-Queulat.

    Lugar de inicio: El mercado o supermercado para comprar los ingredientes.

    Lugar de término: La mesa o el lugar donde lleves tu cocaví.

    Duración de la actividad: Depende de la habilidad del cocinero, pero en un par de horas deberías estar listo para disfrutar. 

    Estacionalidad: Todo el año.

    Consideraciones especiales: ¡Lleva un gran apetito!

    Reservas: No requiere.

Nuestro viaje comienza casi en la frontera con Argentina, conociendo dos poblados gauchos que compartían un aislamiento en común, costumbres ganaderas y una senda que promovía el trueque, la interdependencia y la amistad. Lago Verde y Villa La Tapera, están separadas en línea recta por solo 47 km, pero si quisieran conectarse por ruta terrestre en auto, el viaje sería bastante largo: en total 257 km, la mayor parte en ripio y pasando por la cuesta del Parque Nacional Queulat.

Los gauchos de Lago Verde tropeaban sus animales por sendas en las que ellos mismos se fueron abriendo paso hacia La Tapera. Lo hacían casi en línea recta para acortar el tiempo de viaje con tropas y lograr llegar a la feria ganadera de Coyhaique, demorando alrededor de un mes. Es así como se van vinculando estas dos localidades, de características similares en sus estilos de vida gaucha, pero diferentes en cuanto a su formación como poblado: La Tapera surgió con la llegada de trabajadores a una estancia, Lago Verde por personas que buscaban desarrollar sus propios campos. Aunque claro, ambos compartieron un patrimonio asociado a la vida estanciera, en el caso de Lago Verde, las estancias Rubio y Cacique Blanco, y en el caso de La Tapera, la enorme Estancia Río Cisnes (www.estanciariocisnes.com). En su mayor apogeo, en la década de los 60, estas tres estancias sumaban más de 100 mil cabezas de ganado, entre ovinos, bovinos y equinos. La cantidad de ganado que se producía entre las estancias y en los campos particulares, era de gran importancia.

Villa La Tapera se fundó oficialmente en 1965, pero su historia colonizadora comenzó varias décadas antes, entre 1904-1905, con la llegada del primer administrador y su equipo inglés, para construir los cercos iniciales, caminos e instalaciones de la Estancia Río Cisnes, operada en su primera etapa por la Anglo-Chilean Pastoral Company, bajo una de las tres concesiones más importantes de la Región de Aysén que existían en esos años. En los años siguientes, llegaron trabajadores provenientes de Argentina, Chiloé y otras zonas de Chile para instalarse en los puestos y barracas de la estancia. También llegaron algunos pobladores independientes, solos o con sus familias, para establecerse en las nuevas tierras que luego pasarían a ser sus campos. Los trabajadores compraban sus víveres en la pulpería de la estancia, cuyos productos se traían desde Comodoro Rivadavia en enormes chatas. Los pobladores independientes se abastecían de los boliches que existían cerca de la frontera en territorio argentino, también denominados comercios de “ramos generales”, en donde se aceptaba lanas o cueros como forma de pago para los víveres, productos manufacturados y vicios, además de la oportunidad de hacer apuestas por cualquier tipo de juegos, carreras y deportes masculinos.

En 1924 la concesión pasó a la Sociedad Ganadera Río Cisnes. Esta Sociedad operó regularmente hasta los años sesenta, periodo en que se comienza a producir la Reforma Agraria. Durante sus etapas de bonanza, esquilaron hasta 60 mil ovejas o más, en los 23 días que regularmente duraba la actividad. En esta zona, diciembre era sinónimo de un mes de arduo trabajo y de grandes festines, donde un buen esquilador podía quitar la lana fácilmente de 150 ovejas por día. La mayoría de los expertos esquiladores llegaban en comparsas desde Chiloé y Argentina, así como también se unían al equipo algunos de Lago Verde, para trabajar en las tareas que conlleva una esquila, como por ejemplo, los que van de playeros, belloneros, agarradores, cascarrieros, cortadores de colas, enfardadores, a cargo de las señaladas, etc. Todos aportes importantes en cada esquila, año tras año hasta la actualidad, ya que están acostumbrados a la vida gaucha.

Los pioneros de Lago Verde provenían de la zona centro-sur de Chile, quienes emigraron desde sus tierras natales hacia Argentina a finales del siglo XIX, avanzando estancia por estancia, hasta llegar a la localidad de Río Pico. Regresaron a Chile alrededor de 1914, para aprovechar la posibilidad de ocupar campos “orejanos” en forma independiente y libre. Años después, se conformaron las estancias Rubio y Cacique Blanco, dando paso a una nueva etapa donde, junto con los pobladores, trabajaron unidos por un objetivo común que fue organizar su pueblo y con ello, las actividades productivas de sus respectivos campos.

Con la abundancia de carne que estos pueblos fronterizos siempre han tenido y aún siguen teniendo, no es ninguna sorpresa que se mantenga una dieta basada en ella. Pero, hoy en día, gracias a las mujeres campesinas trabajadoras y el patrimonio chilote que dejó su marca, la gastronomía local también cuenta con los productos de las huertas, un hecho que aprovechamos con gusto en nuestro viaje hacia el pueblo de Lago Verde.

Somos invitados a compartir un almuerzo inolvidable en la casa de don Eduardo Solís Rivera y doña Berta Elena Solis Solis, acompañados por sus hijos, nietos e incluso un par de adorable perros llamados Che y Luna. Antes de compartir su famosa receta para Ñoquis con salsa de carne de cordero, doña Berta, nieta del primer poblador de Lago Verde, nos comparte algunos recuerdos: “Mi abuelo, Antonio Solis Martínez, llegó a la región desde Río Bueno y el papá de mi marido, don Claudio Solis Vega, venía desde Río Pico, en Argentina. Tenía un campo allá y también una carnicería, y después se vino a Chile, a Lago Verde”. Berta recuerda la comida de su infancia, como los ñoquis, albóndigas y asados, además de la mantequilla de leche de vaca que hacían. Salían a recolectar huevos de caiquén y avutarda y las aves se cazaban para cocinarlas como cazuela, después se empezó a cazar también el jabalí. “Era difícil traer los víveres, por lo que solo se compraba lo esencial. Las arvejas y las habas se sembraban en huertas y se guardaban, cada vez que queríamos utilizarlas para cocinar, se remojaban para ablandarlas. Las papas y los huevos se freían en grasa, porque no había aceite vegetal, pero a pesar de eso, nadie se enfermaba en esos años”.

Preguntamos por los postres y nos cuenta que las cosas dulces eran bien escasos porque no había frascos en ese entonces para hacer conservas, solo se guardaban las manzanas en cajones para pasar la temporada de invierno. A veces preparaban dulce de leche cuando se ordeñaba una vaca, pero los postres estaban reservados para las ocasiones especiales. “Recuerdo el famoso queque dulce de don Saladino Avilés. Él solía venir a Lago Verde cada 2 o 3 meses a dejar mercadería en carro a la ECA, (Empresa de Comercio Agrícolas), desde la Aldea Las Pampas, en Argentina. Bueno, en una de esas vueltas se compró un numero de rifa y en el sorteo se ganó un tremendo queque, cosa muy poco vista por aquí en esos años. Entonces, el profesor Oscar González Quintana puso el queque por algunos días al costado de un aparador, esperando a que llegara el ganador desde la Argentina a buscarlo y claro, nosotros todos los días lo veíamos y no pudimos evitar la tentación. Cuando el profesor no estaba, lo pellizcábamos y lo empezamos a comer…le teníamos un tremendo hueco. Dejábamos el queque con la parte del hueco vuelto pa’ la pared, cosa que cuando llegara el profesor González, se sentara en su escritorio y no se diera cuenta….todos los días le comíamos un pedazo. Cuando se dieron cuenta del queque, nosotros lo teníamos como si se lo hubiera comido el ratón, lleno de huecos, pero el queque estaba muy rico y creo que valió la pena el castigo que me llegó”, nos cuenta entre risas.

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