Un viaje a Puerto Gaviota, el pueblo de los nómades

Un viaje a Puerto Gaviota, el pueblo de los nómades
Zona Fiordos - Canales

Al igual que Gala, el poblado de Puerto Gaviota nació como un campamento de paso, para pescadores que iban tras la merluza austral. Fundado como pueblo formal en 1999, hoy sigue viviendo de la pesca, pero también ha abierto sus puertas al turismo, con una buena oferta de atractivos, como fauna marina o vivir la experiencia de convertirse en un pescador artesanal por un día.

  • Ficha Técnica

    Tipo de actividad: Gastronomía. Preparación de  platos típicos de la zona de los Fiordos y Canales.

    Lugar de inicio: El mercado o supermercado para comprar los ingredientes.

    Lugar de término: La mesa o el lugar donde lleves tu cocaví.

    Duración de la actividad: Depende de la habilidad del cocinero y la receta que elige.

    Estacionalidad: Todo el año.

    Consideraciones especiales: Ideal para seguir disfrutando los sabores de Aysén en su casa.

    Reservas: No requiere.

Alguna vez Puerto Gaviota fue un pueblo de plástico. Y no es una metáfora. Literalmente los inicios del poblado fueron ranchos de nylon, cientos de ellos, donde vivían aguerridos pescadores que superaron las inclemencias del clima frío y lluvioso que impera en los archipiélagos de la región. A mediados de la década de los 80 y desde distintos puntos de Chile, comenzaron a llegar a estas costas, pescadores  atraídos por el buen precio que se estaba pagando por la merluza austral. Instalaban precarias carpas plásticas montadas sobre cuatro palos y al interior improvisaban sistemas de cocina, calefacción y colchones para dormir. Pero se iba la merluza y se iban los pescadores tras otro lugar de trabajo.

“Éramos nómadas —recuerda Antonio Sánchez, uno de los primeros pobladores del lugar— y andábamos de puerto en puerto tras los peces. Las merluzas migraban y nosotros las seguíamos con las faenas. Íbamos a Gala, después al canal Moraleda, después al sur y en primavera regresábamos acá. La población aquí variaba mucho. En este sector tuvimos hasta mil personas viviendo ¡No había donde dejar una lancha! Una vez nos quedamos apenas dos personas, un camionero y yo”.

Gracias a las gestiones de vecinos y de personas como el sacerdote italiano Antonio Ronchi, los ranchos fueron poco a poco concentrándose en lugares acotados como el grupo de islas Gala y Gaviota. “Poco a poco, muchos nos empezamos a quedar, porque desde aquí podíamos salir a pescar a 10 minutos, había agua, fuimos mejorando los ranchos con zinc y maderas. Las autoridades comenzaron a poner problemas para que estuviéramos en este lugar, porque es un parque (Parque Nacional Isla Magdalena) y querían sacarnos. Armamos una junta de vecinos y comenzamos a luchar junto al curita Ronchi, hasta que logramos que el Gobierno desafectara un par de hectáreas del parque para nosotros. Ahora, después de 20 años, hay agua potable, energía eléctrica, antena de celular, comodidades. Ya sabemos que nos quedaremos acá para siempre”, continúa contando.

Oficialmente los nuevos pueblos de Gala y Gaviota se crearon en 1999 y siguen viviendo de la pesca, pero algunos visionarios quieren darle un giro al poblado, o más bien abrir las posibilidades de su gente a través del turismo. El potencial sobra y es cosa de navegar por estos fiordos para enamorarse y darse cuenta de que este es un territorio donde está todo por descubrir y hacer. Uno de estos visionarios es Claudio Matamala (Contacto: 9 87428544), pescador artesanal que ha navegado todos estos mares y que ahora apuesta por el turismo, realizando viajes en lancha desde Puerto Cisnes a la isla. “Colapsaron los precios de los pescados, busqué otros rubros y me fui por el turismo marinero: mezclar pesca con turismo. Soy pescador artesanal y quiero mostrar lo que hago a la gente que no conoce. Gaviota tiene todas las herramientas para mezclar turismo, pesca y flora y fauna, y se puede conectar muy bien con Puerto Cisnes”.

El viaje desde Puerto Cisnes a Puerto Gaviota toma entre tres y cuatro horas, siempre dependiendo de las condiciones del mar y el viento. A diferencia de la barcaza que viaja regularmente por estos fiordos en su Ruta Cordillera, los viajes de Claudio son sin apuro, nos va mostrando detalles y contando historias de lo que vemos. Sabe exactamente dónde buscar fauna, como lobos marinos, aves y delfines. Los delfines (austral, chileno, nariz de botella e incluso orcas) suelen acompañar sus viajes, pero esta vez están un poco esquivos.

A pesar de la lluvia y las nubes que no nos dejan ver todo el paisaje, es conmovedor estar entre esas islas sobrecargadas de árboles que topan sus ramas en el mar. De cuando en cuando se aparece el sol entre las nubes y el paisaje pasa de conmovedor a mágico. Justo comienzan a irse las nubes cuando estamos arribando a Gaviota, dejándonos ver cómo se extienden decenas de casas de madera a lo largo de una pequeña bahía. Usamos las rocas como muelle improvisado para ir a dejar nuestras cosas en la cabaña de Blanca Morras, otra de las visionarias que trabaja en turismo y que ha dado una lucha incansable para mostrar a los visitantes sus tierras que tanto ama. 

Con ella comenzamos a recorrer el poblado, caminando por una larga pasarela de madera que lo une de punta a punta, mientras todos a nuestro paso nos saludan y se quedan conversando. Aldo Saavedra nos cuenta de cómo luchó junto al Padre Ronchi para construir la escuela de la cual fue el primer profesor. Antonio Sánchez nos relata de la vida en los ranchos. Gloria Godoy, dueña del Hospedaje Familiar Niko (Contacto: 9 74028018), nos cuenta cómo empezó a trabajar en turismo y la experiencia única que pueden vivir los visitantes yendo a pescar al estilo de los pescadores de la zona, y luego ir a cocinar los pescados con ella.

Precisamente eso es lo que hacemos al día siguiente. Temprano en la mañana dejamos calados unos espineles, que son unas largas líneas que se lanzan al mar con un peso, anzuelos con carnada y una boya de flotación, para luego salir a conocer los alrededores de Gaviota. Primero visitamos una cueva repleta de conchales, vestigio de los antiguos pueblos canoeros que navegaban estos mares desde hace unos seis mil años. Luego nos enfocamos en fotografiar la fauna, navegando junto a pequeños islotes atestados de lobos marinos (común y fino), otros de cormoranes y otros de gaviotas. Todos se alborotan a nuestro paso, para luego darse cuenta que no representamos peligro alguno y volver a sus tareas diarias de dormir o acicalarse.

El regreso es lo más emocionante ¡es hora de recoger los espineles! Claudio nos enseña la técnica para ir recogiendo esos 200 metros de fina cuerda. Los brazos se cansan y el corazón se acelera, porque está pesado y eso significa pesca. Con el agua casi transparente, porque no hay viento y el sol lo ilumina todo, vemos con claridad cómo se acerca la recompensa: dos grandes merluzas y un congrio, que levantamos con emoción. Es momento de filetearlos y dejarlos en las manos expertas de Gloria para degustar el pescado más fresco que hemos comido en nuestras vidas.

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