Volando por el prana con los eco pioneros del lago Esmeralda

Volando por el prana con los eco pioneros del lago Esmeralda
Zona Baker - O'Higgins

Karla Rojas y Matías Martínez crearon un lugar sin igual en Aysén, el Centro Eco Familiar Lago Esmeralda, donde prima el autoabastecimiento y la sostenibilidad. Aquí aprendemos a tener una mirada más amplia sobre las plantas que hay en Patagonia y a cocinar en forma distinta, poniendo atención en lo natural y la salud de nuestro cuerpo.

  • Ficha Técnica

    Tipo de actividad: Gastronomía. Preparación de unos de los platos típicos del Centro Eco Familiar Lago Esmeralda.

    Lugar de inicio: El mercado o supermercado para comprar los ingredientes.

    Lugar de término: La mesa o el lugar donde lleves tu cocaví.

    Duración de la actividad: Depende de la habilidad del cocinero, pero en un par de horas deberías estar listo para disfrutar. 

    Estacionalidad: Todo el año.

    Consideraciones especiales: ¡Lleva un gran apetito!

    Reservas: No requiere.

Con casi 3 mil habitantes, Cochrane es el principal poblado de la zona cultural Baker-O’Higgins y de todo el eje de la Carretera Austral de Coyhaique al sur. Es una ciudad pequeña pero moderna, con todos los servicios de la vida contemporánea, donde se encuentra banco, cajero automático, restaurantes, combustible, farmacia, hospital, un buen supermercado, wifi y 4G, tiendas de repuestos, mecánicos, comercio, entre otros. Con una ubicación estratégica entre parques, reservas y áreas de conservación, Cochrane se está convirtiendo en un imán para los aficionados al montañismo, el kayakismo y la escalada en roca. Cada año, la comunidad de amantes del aire libre va en aumento; nuevas personas llegan y los lugareños descubren nuevas pasiones y talentos ocultos. Pero, además de ser un buen centro de suministros, este es un excelente lugar para empezar a empaparse de las tradiciones patagonas, ya que sus habitantes siguen manteniendo el carácter gaucho con vidas ligadas a la producción ganadera y a las faenas camperas de antaño.

Esta combinación única, de modernidad, naturaleza y vida rural es precisamente lo que atrajo a los arquitectos, Karla Rojas y Matías Martínez a la zona en 2007, junto con su pequeña hija de tres años, Isaura. Motivada por la promesa de una vida más saludable en un lugar hermoso, donde podrían respirar aire puro y tomar agua directamente de un arroyo, la familia completa se convirtió en aventurera y lo que encontraron fue un sinfín de oportunidades para aportar con sus talentos al desarrollo de proyectos sostenibles, para su familia y también para quienes viven en los alrededores. Trabajaron por varios años con el proyecto de Conservación Patagónica, tiempo en que su familia fue creciendo, en base a nuevos desafíos, logros profesionales y por supuesto, también en tamaño, porque en 2009 nació su segunda hija, Sandra. Durante los seis años que estuvieron en el Valle Chacabuco, conocieron e hicieron nuevos amigos y entre ellos a Peter Hartmann, Director de Codeff (www.codeff.cl), Comité Pro Defensa de la Fauna y Flora, con el que comenzaron a explorar el concepto de Aysén, Reserva de Vida, en todos sus sentidos. Exploraron los ecosistemas de la pampa y los bosques de la zona, los maravillosos ríos Baker, Nef y Pascua, descubriendo la cultura gaucha y la idea de vivir más lento y simple, con una conexión más cercana a la naturaleza y un compromiso familiar claramente relacionado con los conceptos de permacultura, “slow food”, sostenibilidad y arquitectura holística.

El año 2012, después de sentir que cumplían un ciclo importante con grandes aprendizajes y desarrollo familiar, ocurrió un cambio de paradigma, cuando Matías y Karla tomaron la decisión de comprar su propio terreno e intentar realizar una vida como pioneros. ¿Pioneros? Estamos de acuerdo que de los pioneros originales de la zona quedan pocos, y que ahora se encuentran sus hijos, nietos y bisnietos caminando por las calles de Cochrane. Pero de una manera u otra, muchos de los que llegan a Aysén también se sienten como pioneros, buscando sus propias maneras de forjar sendas en un mundo bastante distinto al de las grandes ciudades en donde crecieron. Así, Matías y Karla empezaron a construir un proyecto más grande que todos los anteriores juntos, optaron por dejar la seguridad atrás y seguir el camino de la aventura, con la esperanza de lograr su visión de felicidad en familia: la independencia, el balance entre modernidad y simplicidad, junto a una conexión y armonía con su ambiente y comunidad.

Hoy en día, esta familia tiene una parcela en el sector de lago Esmeralda y está logrando varios avances para cumplir su sueño de autoabastecimiento y sostenibilidad. Se llama Centro Eco Familiar Lago Esmeralda (En Facebook: Centro Eco Familiar Laguna Esmeralda) y está ubicado en el Km 5 desde el cruce del camino que va hacia el monte San Lorenzo (Ruta X-901), unos 6 km al sur de Cochrane por la Carretera Austral. Nosotros llegamos a visitarlos una tarde de otoño, agotados después de varias horas recorriendo los caminos y montañas del sector. Karla nos recibe con un té de yogui, una infusión de hierbas, con semillas de cardamomo, jengibre, clavos de olor, canela y menta, que nos repone de inmediato.

El ambiente de la casa es realmente mágico y maravilloso, aquí no existe la sensación de frío, resultado de la buena aislación hecha por ellos mismos utilizando materiales reciclados, como las cajas de “tetra pak”, rellenas con bolsas plásticas en desecho. Están escondidas entre las paredes exteriores e interiores, las que a su vez, están llenas de cosas interesantes, como las pinturas de Isaura y Sandra, los planos de sendas e invernaderos, notas y dibujos sobre hierbas y plantas, hermosos artefactos de madera, como las cintas de los cercos de la Estancia Chacabuco, que después de ser desechados, fueron reciclados, restaurados y afinados por las manos artistas de Matías. En una esquina, se encuentra una plataforma gigante de madera, también fabricada por él, al que ellos refieren como su “tatami”, concepto que se adaptó de la arquitectura japonesa. Tiene espacio para muchas personas, cubierta con unos colchones y almohadas, y sirve como sillón, escenario, cama de huéspedes, plataforma para practicar yoga y lugar para juegos. Por el costado principal existe una pared de ventanas con una impresionante y panorámica vista del lago Esmeralda y siluetas de las montañas de Campo de Hielo Norte.

Karla nos relata: “El proyecto del Centro Eco Familiar nace de las ganas de formar familia en el campo y descubrir las recetas de vivir en el mundo rural. Con los vecinos, amigos, la comunidad de Cochrane y visitantes de diferentes partes, vamos aprendiendo cómo vivir de manera simple y caminar al autoabastecimiento, algo que no se aprende en la ciudad. Aquí, en medio de la necesidad y el aislamiento, surge la creatividad de ocupar lo que tienes más a mano. Esta situación es el condimento que a la vez nos une y nos fortalece, nos pone a prueba como familia y luego vemos los frutos cuando llegan los visitantes y ven lo que hemos ido logrando”.

Durante el curso de la tarde, somos testigos de esta creatividad de primera mano, acompañando a Karla y sus hijas a los invernaderos y jardines para buscar verduras y “buenazas”, que nos explica como una manera de rectificar la mala reputación que tienen las “malezas”, ya que en realidad, muchas de la plantas que encontramos bajo este término, tienen cualidades beneficiosas para nuestra salud y alimentación. Después de recolectar y cosechar nuestras verduras, volvemos hacia el alma del lugar, su espaciosa y acogedora cocina, para crear un festín vegetariano, lleno de ingredientes sanos y preparaciones relajantes y casi terapéuticas. 

“Para mí, hacer el pan tiene un concepto que va más allá de la comida. Tiene que ver con el alimento espiritual, con un concepto conocido como el prana, una palabra en sánscrito que significa ‘aire inspirado’. Durante las horas en que hago el pan, me relajo y reflejo sobre mí una intención de vivir y respirar de manera consciente y, así, siento una buena energía que fluye. Ese equilibrio lo he encontrado haciendo pan, porque por un lado tengo la misión de hacerme cargo de alimentar a mi familia y sé que con las semillas que incorporo en la masa estamos diariamente nutriendo nuestro cuerpo. Por otro lado, el acto de amasar me produce una terapia que me da energía y equilibra mis ansiedades. Al mover los músculos de brazos y dedos, me dispongo conscientemente a que estoy transmitiendo en los alimentos una buena energía, con dedicación y amor”, nos cuenta.

Nos enseña su sistema de preparar una masa madre y desde allí, variaciones especiales para panes, pastas y tortillas, que ella llama Chapatis. Con la pasta preparamos una Lasaña de verduras y morillas, recolectadas en las orillas de lago Esmeralda. “Cuando voy a recolectar plantas y semillas, me conecto con la naturaleza y en sus diferentes temporadas, me va diciendo cómo hacer sinergia con mi entorno, aprender a vivir de nuevo, de una manera simple y más saludable”. Mientras los panes y la lasaña están en el horno, preparamos la Ensalada de “buenazas” y un par de deliciosos condimentos, uno de merkén y el otro, una sal de sésamo, o Gomasio (palabra japonesa que se compone de goma (sésamo) y sio (sal). Los dos son simples, deliciosos y se pueden utilizar para sazonar de todo. Terminamos la tarde como parte de la familia, compartiendo con Matías y Karla, jugando con Isaura y Sandra y disfrutando del gigante banquete que preparamos durante el día. 

La próxima mañana, antes de despedirnos, compartimos un desayuno de Yogur de pajaritos (kéfir), con frutas secas y los panes que preparamos, uno hecho con mote tostado y un toque de café de higos, y el otro hecho con romaza. La romaza es una planta que vemos siempre en los alrededores, especialmente en los bordes del camino pero, justo como nos había contado Karla, uno piensa en la romaza como una maleza. ¡No más! Esta planta es absolutamente una “buenaza”, rica en proteínas y vitamina A. Las raíces tienen propiedades estimulantes, laxantes y depurativas de la sangre, además sirven para enfermedades cutáneas. Las hojas favorecen la curación de heridas vulnerarias y son diuréticas, las que junto con las raíces son emolientes y refrescantes en infusión.

Además de todo eso, sus hojas se comen cocidas o en ensaladas, preferentemente antes de que aparezcan los tallos florales, ya que después se ponen demasiado duras. Se usan también para sopas, guisos, albóndigas, pasteles, tortillas y empanadas. Y como nosotros el día anterior, los indios de América del Norte cosechaban las semillas maduras y las trituraban, obteniendo un tipo de harina con el que hacían pan. (Rapoport et al, 1997; Silva Labbe, 2012; Toursarkissian, 1980)

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