El paraíso de cultivos al borde de un gigante de la Patagonia

El paraíso de cultivos al borde de un gigante de la Patagonia
Zona Chelenco

La magnitud del lago General Carrera permite algunos sitios con microclimas, donde crecen frutas y hortalizas, como si fuera la zona central de Chile. Uno de esos lugares llenos de fertilidad es Puerto Ingeniero Ibáñez, donde visitamos sus campos y la madre tierra nos deleita con sus productos frescos y naturales.

A nadie le cabe duda de que es un gigante. Es el segundo lago más grande de Sudamérica con 1.960 km², el segundo más profundo con 468 m y es uno de los cinco lagos binacionales que tiene el país. Se llama lago General Carrera del lado chileno, lago Buenos Aires del lado argentino. Pero no muchos saben que este lago, además de gigante, es milagroso, ya que es tal su magnitud, que es capaz de generar a su alrededor microclimas, donde los cultivos agrícolas crecen como si estuvieran en los fértiles valles de la zona central de Chile y no en estas tierras de clima en extremo frío y ventoso.

Al igual que en el resto de la región, los pioneros llegaron al actual Puerto Ingeniero Ibáñez en busca de trabajo, tierras y nuevas oportunidades. Primero arribaron en avanzada los hombres, quienes se dedicaron casi exclusivamente a “hacer campos”, limpiando tierras para hacerlas aptas para la crianza de ganados. Luego se incorporaron las familias, donde las mujeres también cumplieron un rol protagonista y fundamental en esta etapa de colonización de una Patagonia ruda e inclemente. Los hombres recorrían semanas y hasta meses junto a sus caballos pilcheros en búsqueda de víveres o bien yendo a trabajar como temporeros en estancias de cercanas (o lejanas), mientras las mujeres se quedaban a cargo de la casa, del campo y de los niños. Debieron ingeniárselas para asegurar la subsistencia en los tiempos de escasez y así empezaron a cultivar las huertas, con cereales, tubérculos, frutas y hortalizas, incorporando a la dieta nuevos alimentos ricos en vitaminas, así como el uso de hierbas medicinales (más conocidas como yuyos en la región) para curar dolencias, en un territorio donde el acceso a medicamentos y médicos era casi impensable.

Si bien la economía de Puerto Ibáñez en un principio estuvo basada en la ganadería y en la agricultura de subsistencia, cuando se abrió el camino hacia Coyhaique, comenzó a desarrollarse como poblado con una agricultura masiva y como vía de transporte del mineral que salía desde Puerto Cristal con destino a Puerto Chacabuco. Hoy las huertas, invernaderos y también la recolección de frutos silvestres, siguen cumpliendo un rol fundamental, pero más que para subsistencia, ahora son un valor agregado para la gastronomía de la zona, con la posibilidad de que locales y visitantes puedan disfrutar de deliciosas y coloridas joyas, en su mayoría cultivadas sin químicos, ni modificaciones genéticas, ni con las aguas contaminadas de las grandes ciudades.

En nuestra visita encontramos varios ejemplos. Uno de ellos es la señora Ida Díaz, de la Parcela doña Leo (Teléfono: (09) 88323728). Con ella conversamos de la fabricación de sus mermeladas y otros productos caseros, utilizando los productos de la zona, como calafates, paramelas, guindas, peras, grosellas, corinto, duraznos, cerezas, entre otros, con los que hace mermeladas, conservas, salsas y licores.

“Mi mamá me enseñó a hacer las mermeladas y me dijo que tengo que conservar el sabor, color, aroma y textura de la fruta. Acá las producimos de distintos frutos, pero en especial de calafate, que está presente en toda la cuenca del río y es muy cotizado por los turistas. Primero se saca la pulpa de la fruta y con las pepas que quedan hago un licor de calafate. Macero harto tiempo con agua ardiente, agrego almíbar y sale un licor muy rico. Se puede servir de distintas maneras, con hielo, como calafate sour o el cremoso de calafate, que inventamos, que ha tenido mucha aceptación”, nos cuenta, mientras degustamos su exquisita creación en su Salón de Té, junto a un kuchen de duraznos. ¡Imposible salir de aquí sin un par de botellas de licor de calafate bajo el brazo!

Aunque las mermeladas de Ida son deliciosas, ella con una sencillez que encanta, nos dice que mejor probemos las de la señora Lorenza Jara, otra productora artesanal de la zona, con su marca Karken (Teléfono: (09) 89896444), palabra tehuelche que significa mujer. “Yo trabajo mermeladas, licores y hierbas medicinales. Le puse Karken, como una forma de recordar a las mujeres esforzadas de antaño. Yo me encuentro una de esas mujeres ‘aperradas’, que logro las cosas cueste lo que cueste”, nos cuenta Lorenza.

La señora Lorenza, pertenece también al Comité de Horticultores de la Granja Municipal, donde trabajan cuatro matrimonios produciendo en huertas e invernaderos, para auto consumo y producción local. Cada matrimonio tiene su propio invernadero y la huerta es común, pero cada cual tiene su espacio. Curiosos de este sistema comunitario, visitamos la Granja Municipal para ver su funcionamiento y nos impresionamos con un lugar enorme, hermoso y sumamente fecundo. En uno de los invernaderos está trabajando la señora Delicia María, que amablemente nos muestra sus lechugas, tomates, hierbas culinarias, pepinos, acelgas, tomates cherry, morrones y hasta melones, que produce gracias al esmerado trabajo que hacen con su marido. Luego recorremos la huerta, donde crece trigo, avena, alcachofas, papas, habas, entre otras hortalizas, que venden a la comunidad, en fiestas costumbristas y a visitantes.

Terminamos nuestra visita tras las maravillas de la tierra, conociendo Las Paramelas (Teléfono: (09) 99813498), nombre de la chacra donde se despliega el talento y cariño por la tierra de la pareja formada por Juana Vega y Ulises Pereda. Para llegar a este oasis de cultivos artesanales y orgánicos, hay que avanzar hacia el sector del aeródromo, donde se encuentran sus invernaderos mágicos, diseñados y construidos por don Ulises, cada uno refugio de aromas frescos y hogar para hierbas y hortalizas que crecen enormes y sanas, sacando buen provecho de las bondades del valle del río Ibáñez. 

También es el lugar ideal para aprender sobre las hierbas medicinales de la Patagonia y sus poderes curativos, muy bien investigado por la señora Juana. Por ejemplo, nos cuenta de la planta por la cual nombraron la chacra. Nativa de la Patagonia, la paramela crece como un arbusto de hasta dos metros de altura, en todo el matorral de estepa patagónica, y en abundancia en los alrededores de Puerto Ibáñez y Chile Chico. Es una planta de tallo glabro (sin pelos), con hojas de verde vívido que secretan un aceite muy pegajoso, y una densidad de flores amarillas con un rico perfume. Tiene un fruto de forma de legumbre semicircular. Ellos recolectan y secan las hojas de la paramela por sus beneficios para la salud. Se usa el incienso de esta planta como un sahumerio para las vías respiratorias. Muchos agregan las hojas de la paramela a su yerba mate o se preparan una infusión para tratar el dolor de hígado, para eliminar grasa y gases, para tos y resfriados. También, Juana nos cuenta con una gran sonrisa, que en la Patagonia, muchos atribuyen propiedades afrodisíacas a la paramela.

En su sala de ventas, se puede comprar sobres de paramela seca y más de 25 otras hierbas aromáticas, culinarias y medicinales. Y en el taller de don Ulises, se puede aprender los procesos y tradiciones para la creación de su artesanía gaucha, sus canastas de mimbre, hechas para durar por siempre, y sus cuchillos de tipo facón, que sirven para los trabajos del campo, y de tipo verijero, que sirven para todo. Ambos, sus canastas y sus cuchillos, están elaborados con sus propias manos y los talentos que ha desarrollado en sus más de 70 años de práctica y perfeccionamiento. Don Ulises siempre ha usado materia prima local, como el mimbre, que crece y cosecha en su propio sitio, o las maderas nativas que utiliza para la fabricación de sus mangos. Todo artesanal y hecho con las antiguas técnicas que aprendió cuando niño, creciendo en la Patagonia.

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