Valentía, creatividad, perseverancia y muchos, ¡pero muchos! waffles belgas

Valentía, creatividad, perseverancia y muchos, ¡pero muchos! waffles belgas
Zona Chelenco

Verónica Raty y Mauricio Quercia son los dueños de la Hostería de la Patagonia en Chile Chico. Adaptaron la casa patrimonial de los abuelos de Verónica, dos de los 48 belgas que cruzaron el Atlántico después de la Segunda Guerra Mundial para comenzar a construir nuevas vidas. Un lugar donde la historia se fusiona con los sabores belgas.

Comenzamos nuestro recorrido por Chile Chico caminando hacia el mirador Cerro Las Banderas para obtener una visión general de la fisonomía del pueblo y su privilegiado emplazamiento en la orilla sur del lago General Carrera. El cerro se llama así porque en la década de los 60 los inmigrantes se hacían presentes izando la bandera de su nación alrededor de la chilena, demostrando la multiculturalidad de este pueblo, con la presencia de belgas, argentinos, peruanos, árabes, españoles e italianos, entre otros. Después de tomar una gran cantidad de fotos y disfrutar las hermosas vistas del mirador, bajamos para buscar experiencias directas con estas culturas. 

La verdad es que no pasa mucho tiempo para nuestro primer encuentro. A un costado de la Plaza de Armas, está el Restaurante Yamily y Beatriz (Pedro Antonio González 25), donde probamos unos deliciosos platos árabes y aprendemos más sobre la conexión entre la cultura árabe y el desarrollo de los pueblos de la Región de Aysén. Después de almuerzo, avanzamos por la calle principal, Av. Bernardo O’Higgins, hasta las oficinas de Expeditions Patagonia (Teléfono: (09) 57093935. Email: Fgiorgia5@gmail.com), donde conversamos con el dueño, Ferdinando Georgia. Nos cuenta de otro aspecto cosmopolita de la zona, con la llegada y legado que dejó su abuelo, Pasquali Giorgia Soldati, quien llegó a la Patagonia con sus tres hermanos desde Calabria, en el sur de Italia, después de la Primera Guerra Mundial. Sus hermanos se establecieron en Argentina, pero el abuelo Pasquali siguió al oeste, hasta el sector de Mallín Grande. Llegó alrededor de 1925, armó su campo y después levantó la primera fábrica de cervezas de Aysén, utilizando las aguas de la zona, su propia cebada y lúpulo, ambos cultivados en su campo. Con todo artesanal, la fábrica comenzó en 1929 y operó hasta la mitad de la década de los 40. ¡Impresionante!

Avanzamos unos pocos kilómetros más, en dirección a la frontera, cuando vemos hacia el lado izquierdo un letrero indicando la entrada a la Hostería de la Patagonia (www.hosteriadelapatagonia.cl). Al doblar, dejamos un mundo y entramos a otro totalmente distinto, lleno de vida e historia, que nos invita a pasar y descubrir. Detrás de una cortina centenaria de gigantes álamos y pinos, encontramos un jardín inmenso y, al fondo, una hermosa y gran casa de adobe, cubierta en gran parte de enredaderas. Vemos curiosas esculturas de ñandúes adornando ambos lados de la primera puerta y, por el otro lado de la casa, una antigua barcaza de hierro, descansando en la sombra.

Después de conocer a la señora Verónica Raty de Halleux y su marido, Mauricio Quercia Martinic, los dueños de la hostería, nos acomodamos en nuestras respectivas piezas, ambas recientemente renovadas con un estilo elegante, pero simple, que podríamos llamar lujo patagónico. Todo en orden, comenzamos a explorar la hostería, de la que sabíamos muy poco, solo que era de patrimonio belga, construida en la mitad del siglo XX como casa patrimonial de los abuelos de Verónica, dos de los 48 belgas que cruzaron el Atlántico después de la Segunda Guerra Mundial en ruta a Chile Chico, para comenzar a construir nuevas vidas. Los detalles de esta historia nos comienzan a llegar en fragmentos, a través de la misma casona, primero observando los retratos y carteles de cine que adornan las paredes del amplio comedor, mostrando a Marie Antoinette (Nénette) Amand de Mendieta de Bonhome y Gabriel de Halleux Desclèe, en varias facetas de sus vidas en Bélgica, en Patagonia, con sus hijos, nietos, hermanos y cuñados. También hay wafleras antiguas en exhibición en un rincón del salón, junto con una ecléctica colección de jarros y teteras, todos hermosamente brillantes y expuestos con cariño. Podemos imaginarlos como simples y estoicos testigos de una época ya pasada, cuando observaban los ritmos diarios de Gabriel y Nénette, junto a sus 11 hijos.

Abrimos un ejemplar de un libro que tienen para la venta, Cuando éramos niños en la Patagonia, con la esperanza de que el prólogo escrito por don Mateo Martinic —ganador del Premio Nacional de Historia y experto en temas patagónicos— pueda darnos un poco más de contexto, antes de sentarnos a conversar con Verónica y Mauricio. “Todo comenzó cuando la Segunda Guerra Mundial, el más espantoso y prolongado conflicto que vivió la humanidad hasta ese entonces, ya pre anunciaba su término, aunque en el castigado suelo belga todavía se luchaba… y se sufría. Fue en uno de tantos episodios, durante un bombardeo, que el ingeniero Gabriel de Halleux, fastidiado y desesperado por tanto horror, gritó a un primo, Paúl de Smet d’Olbecke, ingeniero como él: ‘¡En cuanto termine esta guerra, nos vamos!’…No tardó en sumarse otro pariente, Alexandre Amand de Mendieta, de profesión agrónomo, y luego un conocido, el médico León Cardyn. Así, se completó el cuarteto de los jefes de familia que decidieron emigrar, bajo el aceptado liderazgo de Gabriel. Emigrar; conforme. ¿Pero dónde? Ocurrió que José Lyon, un chileno casado con una parienta de los tres primeros, contó a Gabriel que el gobierno de Chile ofrecía tierras a inmigrantes europeos en la zona sur del país, concretamente en la parte occidental del gran lago General Carrera, en la provincia de Aisén, en el corazón andino de la Patagonia chilena. La decisión del grupo fue entonces la de ir a Sudamérica, al lejano Chile”, (Chenut, J. 2006, p. 6).

¡Perfecto! Esa era la información que buscábamos y justo a tiempo, porque de pronto, se abre una puerta lateral al comedor y Verónica asoma su cabeza para darnos la señal de que podíamos pasar a la cocina, un espacio normalmente reservado solo para la familia y sus empleados. Este santuario familiar nos da otras pistas y fragmentos del patrimonio de esta numerosa familia, como una repisa llena de arriba a abajo con frascos de conservas y mermeladas caseras, hechas con las recetas de la abuela y los talentos de Verónica y sus hijas, o un enorme lavaplatos con un antiguo colgador casero para secar montones de platos a la vez. Verónica nos cuenta: “Mis abuelos llegaron a fines de 1948, cinco familias en total, unas 48 personas. Traían médico, sacerdote, mecánico, profesores, matrimonios, niños, de todo. También venía mi papá, el único de su familia, de 18 años, invitado por el sacerdote y educador, a participar de esta colonización. Conoció a mi mamá acá, cuando ella tenía 18 años. Se casaron y fue el primer matrimonio belga que se celebró en Chile Chico. Somos seis hermanos en total y ellos dicen que yo fui la única ‘civilizada’, porque soy la única que nací en el hospital. Todos mis hermanos nacieron aquí mismo, en esta casa”.

Durante nuestra estadía, aprendemos que la colonia belga de Chile Chico enfrentó muchos altos y bajos durante la segunda mitad del siglo XX, desafíos que les requería de forma constante poner en práctica la capacidad de reinventarse, una capacidad que ellos habían mostrado desde que tomaron la decisión radical de dejar su tierra madre y restablecerse aquí en Aysén. Durante la década de los 50 la familia se concentró en la extracción y exportación de maderas desde el sector de Puerto Tranquilo, con un aserradero que trajeron de Bélgica y una barcaza que trasladaron por tierra desde el Atlántico, cruzando las pampas de Argentina hacia el borde del lago. Pero, en 1955, cuando Argentina cerró sus fronteras a la exportación de la madera, necesitaron una vez más, encontrar una nueva vía para su supervivencia, esta vez a través de la ganadería lanar, con la compra de ovejas y tres lotes de la antigua Estancia Chacabuco.

En esta ocasión, le tocó a los padres de Verónica, Jeannine de Halleux y Andre Raty, dejar sus vidas en Chile Chico y mudarse a este lugar, remoto y aislado, para gestionar el primer proyecto lanar familiar, en un sector conocido como Entrada Baker, ubicado en el límite este del gran valle. Décadas después, François de Smet D’Olbecke, primo de Jeannine y tío de Verónica, logró comprar el resto de la gran Estancia Chacabuco. Su hermano menor, Charles, más conocido como Charlie, administró la gigante estancia por alrededor de 20 años, antes de que fuera vendida a la ONG Conservación Patagónica (www.conservacionpatagonica.org) en 2004, obligando a Charlie y a su familia a buscar un nuevo proyecto. Pero, no pasó mucho tiempo hasta que ellos, siguiendo la tradición familiar, se reinventaron creando la cerveza D’Olbek (www.dolbek.cl), marca reconocida y distribuida a lo largo de todo Chile. Se produce artesanalmente en Coyhaique, como un homenaje para la Región de Aysén y el patrimonio de los belgas.

Similar a Charlie y su familia, Verónica y Mauricio criaron a su familia en Aysén, donde han encontrado vidas llenas de proyectos y sueños, incluyendo su decisión de volver a Chile Chico y desarrollar la Hostería de la Patagonia. “Con mi marido, decidimos regresar a vivir acá para seguir la historia de tanto esfuerzo que hubo en alguna época. Somos pocos los que estamos quedando y se ha ido perdiendo mucho. Por eso, decidimos crear una hostería en 1992, para mantener la casa, su entorno y la historia”.

Pronto, nuestra curiosidad se vuelca al tema de la comida. “Tuvieron que adaptarse a lo que había, acá no habían pescados, no se comía vacuno en esos años, solamente corderos y el capón, que es muy fuerte para cocinar. Tampoco había muchas frutas y verduras, hasta que cultivaron sus propias cosas. De hecho, los belgas fueron los primeros en usar invernaderos en Chile Chico. Antes de ellos, nadie conocía un invernadero”. Verónica recuerda que ellos cultivaban y tenían verduras frescas y que los puerros fueron especialmente prolífico en los jardines de su familia. “Siempre teníamos la sopa verde, que era sopa de puerros. En invierno no se escarcha, así que siempre había sopa de puerros. También se comían muchos quiches”. Con el tiempo, fueron variando su alimentación, incorporando gallinas, huevos, leche, crema, mantequilla y quesos. “Todo era autosuficiente. A veces se iba a comprar alguna exquisitez a la Argentina o de repente, se celebraba cuando llegaba un familiar de Bélgica y éste traía algún té rico o un chocolate”, nos sigue contando animadamente.

¿Y las wafleras del comedor?, le preguntamos. Verónica ríe y explica que en las casas belgas, “comíamos muchos waffles, con mermeladas en general. Con ellos, aprendí a hacer mermeladas y conservas”. No es muy difícil convencerla de recrear algunas de las recetas belgas para nuestra cena, pero mejor todavía, nos invita a ver el libro de recetas de su abuela. Juntos, nos maravillamos de ver páginas y páginas de recetas, meticulosamente registradas en francés, que Verónica va leyendo y explicando, mientras nosotros tomamos notas en español para recrearlas después.

Se nos viene a la mente el mirador que visitamos en la mañana y las banderas de todos los países que ahí flamean. En solo un día, hemos visto de cerca la multiculturalidad de este pueblo, a través del patrimonio y hospitalidad de ¡belgas, árabes, españoles e italianos!

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