Vivir un verdadero cuento de hadas en Suizaike, de Bahía Murta

Vivir un verdadero cuento de hadas en Suizaike, de Bahía Murta
Zona Chelenco

Llegar al campo de Ninoska Vera y Werner Blaicher es como entrar a un cuento perfecto, donde hay praderas verdes, construcciones hermosas, colores intensos del lago, la simpatía y cariño de los anfitriones y comidas maravillosas desde el desayuno a la cena.

“Loghouse Suizaike, 15 minutos”...dice un cartel de madera escrito a mano, junto al dibujo de un caminante con mochila, bastón y gorro para el sol. ¡Ese es nuestro próximo destino! Abrimos el portón de madera, estacionamos la camioneta y comenzamos a acomodar en nuestros “daypacks” las cosas básicas para pasar un par de noches. La caminata es corta, pero de regreso es empinada, “así que lleven lo justo”, nos había recomendado por teléfono Ninoska Vera, que junto a su marido Werner Blaicher, son los dueños y alma de este lugar.

Aperados igual al dibujo del cartel, comenzamos la tranquila caminata en bajada y descubrimos de inmediato que los 15 minutos de la información, están errados. Por lo menos paramos unas 10 veces a hacer fotografías, así que la recomendación es ir con tiempo, porque las vistas al lago General Carrera entre praderas y bosques, son alucinantes. Como si fuera una escena de “Heidi, la niña de los Alpes Suizos”, pronto entramos a una verde pradera, con cabras que llenan el ambiente de tintineos con sus cascabeles colgados al cuello, una bandera Suiza y al fondo una hermosa casa hecha con troncos enteros de coigüe y las manos agitándose de Ninoska, Werner y su hijo Alakin para saludarnos.

Werner es de Suiza y Ninoska de Punta Arenas, Región de Magallanes. Decidieron mudarse a la Región de Aysén hace más de 20 años porque “...acá está todo por hacer. Todo es salvaje aún y hay mucho espacio, los ríos no están canalizados, los bosques son selvas. Es uno de los últimos lugares del mundo que está sin destrucción”, asegura Werner. Eligieron este lugar que queda a 4,5 km de Bahía Murta en la ribera este del lago, subiendo por el camino que va a Puerto Sánchez, y lo bautizaron como Suizaike (loghouse-suizaike-patagonia.over-blog.com), haciendo referencia a Suiza y a la palabra tehuelche aike, que significa lugar o paradero.

A pesar de que este lugar no tiene un microclima como otros sectores del lago General Carrera, con paciencia y un minucioso trabajo, se las han arreglado para tener una huerta e invernadero muy productivos. “Hacemos la huerta en dos sectores. En un sector encerramos a los animales en la noche y en el otro tenemos la huerta. Al otro año lo hacemos al revés, así la tierra está abonada y no tenemos que agregar fertilizantes. Sembramos verduras de zona fría, porque no tenemos microclima. Pero sembramos papas, zanahoria, betarraga, arvejas y en el invernadero podemos cultivar algunos productos como pepinos, tomates. Además de la huerta, criamos animalitos también para la carne y sus productos, como leche, huevos. Tenemos vacunos, chivos, ovejas, alpacas y gallinas”, nos cuenta Werner, mientras nos hace un tour por el lugar. Todo lo que producen es orgánico, natural y certificado como sustentable por la organización Biosphere.

Todas las construcciones parecen de cuento, incluido el gallinero, que se asemeja más a una casa de muñecas y dan ganas de tener seis años para ponerse a jugar adentro. Tienen una pequeña cabaña para los visitantes, con cama matrimonial, una cama adicional en una especie de altillo, baño y un techo de pasto, que permite una perfecta aislación térmica. En este pequeño lugar vivieron por varios años, con sus dos hijos —ahora Reni, su hija mayor, está estudiando fuera en Coyhaique—, hasta que construyeron su “log house” (casa construida con troncos) y comenzaron a abrir sus puertas a los turistas. Si uno se queda un par de días, puede disfrutar de su sauna rústico y acompañarlos en diferentes recorridos, como kayak en el lago, trekking hacia la laguna Escargot o al cerro Pichón, visitas a las termas Engaño o también compartir un día de trabajo en el campo.

Después de instalarnos y tomar jugo de calafate en la cocina, Ninoska llega con unos canastos pequeños y nos ofrece salir a recolectar morillas o morchellas (Morchella esculenta), hongos silvestres comestibles. En Chile, la morilla es desconocida y prácticamente no se consume debido a su alto valor comercial, siendo el segundo hongo más caro del mundo después de la trufa (puede costar sobre 80 mil pesos el kilo en el extranjero). El 95% de la producción nacional se exporta a mercados internacionales como Francia, Italia y Alemania, donde es considerada una delicia gourmet.

Las morillas mantienen una suerte de relación simbiótica con algunas especies vegetales y se reproducen solo bajo ciertas condiciones, lo que se traduce en una muy escasa producción. En Aysén suele crecer en bosques de lenga y coigüe o en praderas húmedas y, en general, en días relativamente calurosos después de una lluvia, entre octubre y los primeros días de diciembre. “Las morillas las recolectamos aquí en el campo, todos los años caminamos hasta ocho horas en la recolección, nos dedicamos fuerte un fin de semana”, nos cuenta Ninoska. Nosotros llegamos casi finalizando la temporada, pero igualmente es factible encontrar y la acompañamos en su búsqueda por uno de los bosques cercanos que se encuentran en su campo. Debemos caminar con cuidado y tratar de identificar estos hongos de color café que se mimetizan entre los restos de follaje que hay en el suelo. En los últimos años ha existido una disminución significativa en la producción natural, que se cree podría estar asociada a malas prácticas en la recolección, como arrancar el hongo desde su base, recolectar hongos que aún no han llegado a su madurez reproductiva o utilizar bolsas de plástico para recogerlas. Según la Guía de Campo Fungi Austral, es importante transportar los hongos recolectados en terreno en un canasto y no en bolsas plásticas, pues de esta manera se permite la dispersión de las esporas.

Logramos recolectar la cantidad necesaria para nuestra cena, un risotto con estos preciados hongos. Ninoska y Werner cocinan juntos y se nota el amor y el talento que ponen en lo que hacen, porque la cena es exquisita y la disfrutamos junto a un buen vino y las historias de este matrimonio. Al día siguiente, los “castigos” culinarios continúan al desayuno, con una mesa repleta de cosas ricas. “En Suizaike lo que ofrecemos a los turistas es la tranquilidad de este lugar y comer bien. Aparte de los almuerzos y cenas, damos mucho énfasis a los desayunos, con frutas, medialunas, müsli, mermeladas caseras, tartaletas, pan integral y huevos de gallinas felices, como nosotros las llamamos”, cuenta Ninoska. Para no creerlo, pero… ¡Es verdad! ¡Comemos todo eso al desayuno! Cada contundente ítem es delicioso, pero resaltan por sobre todo las medialunas caseras que comenzó a preparar Werner la noche anterior, con una técnica un tanto compleja, pero que vale la pena intentar. Después de tanto desayuno tenemos que ir a reposar un rato, junto a un libro, en los miradores naturales del lugar. Hay enormes rocas con vistas privilegiadas.

Después de almorzar una ensalada liviana y seguir descansando, comienza otra fiesta especial: preparar un asado de chivo con cuero. Acompañamos a Werner a encender el fuego y a estacar la carne, mientras nos cuenta que esta es una práctica bastante típica en la región. Nuestro cocinero no se despega del lado de la carne en las cuatro horas que está junto al fuego, siempre atento a moverlo. “El chivito tiene menos grasa que un cordero y con cuero sale más jugoso y sabroso. Se cocina de un lado no más al fuego, con cuidado que no se queme y muy lento para que quede bien jugoso”, nos explica.

Las horas de espera se pasan volando, entre nuestras constantes visitas para “cuidar” el asado y ayudar a Ninoska a preparar las ensaladas. Pronto Werner llega con la carne aún estacada y la coloca entera encima de la mesa. Ahí mismo vamos cortando pequeños trozos y degustando uno de los mejores asados que probamos en todo nuestro viaje por la región. Tal como nos había dicho nuestro anfitrión, la carne asada con cuero queda perfectamente jugosa y sabrosa.

Nos vamos a dormir agotados de tanto de comer, pensando que al día siguiente nos esperan nuevos retos: otro desayuno al estilo Suizaike y conquistar una loma para llegar a nuestro auto. ¡Una vida de sacrificios!

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